admin | Blog | 18 enero, 2012
Primer paso: concienciación.
Segundo paso: perdón.
El primer paso es de orden intelectual, pero para que el conocimiento se integre realmente en la
estructura mental, es preciso involucrar también el hemisferio derecho del cerebro. Es preciso
perdonar...
Vuelve al capítulo anterior y relee tus respuestas a las
preguntas: «¿Cuáles eran los reproches que mi padre
le hacia a mi madre cuando yo era niño?» y «¿Cuáles
eran los elogios que mi padre le hacía a mi madre
cuando yo era niño?».
Procura entrar en contacto con tus sentimientos
cuando pienses en estos asuntos. Si detectas
resentimiento o falta de perdón, has de saber que eso
puede estar bloqueando tu autoestima, y que no es
difícil de desbloquear: basta con quererlo. Tú eres el
capitán de tu barco.
La opinión que tenías de tu padre cuando eras un
niño formó la opinión que tienes de los hombres en
general. La opinión que tenías de tu madre es la base
de la opinión que tienes de las mujeres. Es muy
probable que tu opinión sobre las mujeres provenga de la opinión que creías que tu padre tenía de tu
madre.
Vemos él mundo a través de esas opiniones, que en realidad son gafas prestadas, que muchas
veces deforman la realidad.
Toda opinión depende del «punto de vista». Nuestra manera de ver las cosas puede variar según el
lugar desde donde las observamos. Cuando somos pequeños no elegimos los
lugares; los mayores nos conducen a ellos.
El ejemplo de una simple clase de matemáticas nos puede explicar muy bien la
relatividad de las opiniones.
Durante una clase, una profesora pide que dos niños y una niña salgan del aula
y esperen fuera un minuto. Tras hacer un dibujo en la pizarra, llama al primer niño,
lo conduce al lado izquierdo del encerado y le pregunta:
-¿Qué ves?
El niño dice:
-Veo una línea cóncava. La profesora llama entonces a la niña, la conduce al
lado derecho de la pizarra y le hace la misma pregunta. La niña responde: -Veo una
línea convexa. A continuación, la profesora llama al otro alumno y lo coloca en el
centro, delante de la pizarra, y el niño responde:
-Veo una línea curva.
La profesora los mira a los tres, se vuelve a la clase y pregunta:
-¿Quién tiene razón?
Los alumnos se dan cuenta de que las tres opiniones son ciertas. La respuesta depende
simplemente del punto de vista desde el que se observa la realidad.
Creemos tener opiniones respecto a cosas, personas y lugares. En verdad, casi siempre lo que pasa
es exactamente lo contrario. Son las opiniones las que «nos tienen».
En el fondo, nuestro margen de elección es muy estrecho y vivimos como si fuésemos una
marioneta a la que alguien mueve de los hilos. Ese alguien, la mayoría de las veces, es el padre o la
madre que tenemos interiorizados (no exactamente el padre y la madre reales, sino la idea que nos
hicimos de ellos en la infancia y los sentimientos que nos provocan).
Es posible que, sin darte cuenta, estés viendo el mundo con ojos que no son los tuyos.
Esos ojos ajenos son, principalmente, los puntos de vista que absorbiste durante la primera
infancia, las opiniones de las personas que tuvieron más influencia sobre ti. Durante la vida adulta
esa absorción de opiniones ajenas continúa si no se tiene bien afirmada la personalidad. Quien no
tiene autoestima no cree en sí mismo y prefiere seguir siempre la opinión de los demás.
Del mismo modo que no puedes conducir un coche orientándote por el retrovisor y por los espejos
laterales, tampoco puedes dirigir tu vida por los acontecimientos del pasado y las opiniones de los
demás.
Usa tus propios ojos, escucha a tu corazón, decide tu mismo hacia dónde quieres ir. Traza tus
metas, define tus objetivos. Si dejas que otros lo hagan, la recompensa no será para ti.
Quien se guía por sus propios pasos confía en su sentido de la orientación. Para ello es preciso
conocer los propios sentimientos y opiniones.
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